
Por algún sitio hay que empezar y, ya que vivo en Alemania, hacerlo por el Zugspitze me parecio lo más adecuado. Situado en el estado de Baviera, al sur de Alemania, comparte cima con la vecina Austria, alzándose a 2.962 metros de altitud. Su nombre significa literalmente Pico del Tren, ya que desde 1930 existe un tren de cremallera que asciende prácticamente hasta la cima.
Hay varias rutas para alcanzar la cumbre pero, de todas ellas, la del valle del Hollen (Hollental) dicen que es la más bonita. Más corta y por tanto más dura, supera los 2.200 metros de desnivel a través de bosques oscuros, gargantas, glaciares y un par de vías ferrata. Y para no volver por el mismo sitio, después de hacer noche en alguno de los muchos refugios que pueblan la montaña, exploraría el valle del Reit (Reittal) de regreso a la furgoneta.
Con lo que no contaba era con la horda bávara que se iba a echar al monte aprovechando el puente del día de la Virgen, ocupando hasta la última cama de la zona, lo que no me dejó más remedio que subir y bajar en el día. Una buena paliza que me daría algo en lo que pensar durante el viaje de vuelta.

Domingo 13.08.17
El turno de noche fue duro y me quedé dormido, eran las cuatro de la tarde y, con media Alemania y sus fantásticas Autobahn por delante (que no tienen límite de velocidad porque entre atascos raro es que pases de 100), me podía ir olvidando de pillar un camping.
Acabé intentando dormir en el apeadero de un pequeño pueblo bávaro, un sitio tranquilo, gratis y donde no me iba a molestar la policia. Y digo intentando porque estaba nervioso. Mucho desnivel para una sola jornada (exactamente 2200 metros de desnivel positivo desde el pueblo dónde he aparcado), una ruta larguísima y una sensación de aventura que hacía tiempo que no sentía.
Lunes 14.08.17
Aquella mañana no me quedé dormido, a las 06:00 abrí el ojo y la emoción me hizo saltar como un muelle de la cama. Tanto que, no recordando dónde estaba, salí de la furgoneta y me encontré en calzoncillos frente a una chica que esperaba al tren. «Gutenmorgen» me dijo, mientras se reía de lo rojo que me puse.
Me di la vuelta avergonzado y ante mí se alzaba el macizo del Wetterstein, imponente bajo un cielo azul completamente despejado, con el Hollental frente a mi y la luna coronando el espectáculo.

Había dejado todo bien preparadito el día anterior y fue cuestión de minutos ponerme en marcha. Cruce Hammerbach, un bonito pueblo a la entrada del Hollental y me sumergí en un hayedo mientras la campana del pueblo daba las siete de la mañana. Siguiendo el valle, oscuro y estrecho, me adentré en el macizo sin dejar de subir hacía una pared que parecía cerrar el paso, pero en el último momento una escalera tallada en la roca me llevó hacía la entrada de una garganta dónde encontré… ¡Una taquilla! Maldito país.
Llevaba unos metros refunfuñando sobre poner puertas al campo y otros desvaríos, y eso que sólo pagé un euro por estar federado en Alemania, cuando llegé a uno de los espectáculos más impresionantes que he visto.

La garganta de Hollentalklam es una sucesión de puentes y pasarelassuspendidos sobre un río enloquecido, de antiguas escaleras de hierro o diréctamente talladas en la pared, de galerias excavadas en una piedra que supura humedad, una senda imposible que serpentea y asciende entre muros de roca de 80 o 100 metros de altura separados en ocasiones por el largo de un bastón, acompañada permanentemente por el rugido del agua luchando desatada contra la piedra. Solo la iluminación de alguna esporádica bombilla da una pincelada de color a un mundo de tonos de gris y sonido saturado, de una belleza aterradora y que tan abruptamente como comienza, termina.

Todavía aturdido y con los oidos doloridos, el bosque que estaba cruzando se abrió y ¡Ay amigo! pude ver por primera la cima, aún 1.600 metros más cerca de la luna que yo, paredes verticales de 800 metros cerniéndose sobre un menguante glaciar y un valle sembrado de pinos. En ese momento sentí que estaba de nuevo en la Montaña, el lugar que el corazón añora cuando estás haciendo las cosas que haces cuando no estás en la Montaña.
Una vez recuperadas las fuerzas en el primer refugio, crucé el bosque hasta el primer tramo de vía ferrata y a sus pies sentí algo de miedo: era mi primera vez. Contaba tan solo con la misera experiencia de alguna tarde en uno de esos parques en los que avanzas entre plataformas colgado de árboles y un equipo comprado de segunda mano en eBay hacía menos de una semana. Las cosas que uno hace por amor, como diría el bueno de Jaime, aunque yo esperaba no acabar como Bran.

Total, que la cosa no fue nada del otro mundo, lo mismo que he hecho tantas veces pero con un cable de acero y un arnés para asegurarte. Casi le ha quitado la emoción al bonito paso de las clavijas. Casi.
Superado el primer tramo de ferrata y el interminable canchal que venía después (ya sabeis, dos polvorientos pasos pa’lante, un polvoriento paso pa’tras), aproveché que tenía que parar a ponerme los crampones y almorcé algo al pie del glaciar, que está el pobre que da pena verlo. Último obstáculo antes de afrontar el segundo tramo de ferrata que, en un xxx ascenso, ya no abandonaría hasta la cima. 800 metros de desnivel prácticamente vertical me separaban de la famosa cruz amarilla del Zugspitze.

Quitando la entrada a la vía, que debido al retroceso del glaciar era un poco comprometida y estaba resuelta de un modo un tanto chapucero, y un par de pasos un poco expuestos, la única dificultad la tuve al llegar a la cima: mi cerebro no era capaz de asimilar lo que estaba viendo. Ante mi se alzaba, a escasos 20 metros a vuelo de pájaro y a la misma altura, un megacomplejo turístico con hoteles, tiendas de souvenirs e incluso un balneario al que se llega en teleférico, atestado de gente con ropa de domingo a la que han puesto hasta un andamio para que puedan acceder a la cruz sin problema, para que sigan un rato haciendo el dominguero pero sin mancharse los zapatos.
En un principio me he sentido ofendido, muy ofendido. Para mi la montaña representa no solo un reto, también una tranquilidad que no soy capaz de encontrar en ningún otro lugar. Algo en lo que necesitas empeñar esfuerzo, habilidad y experiencia, ganada a base de empeño y dedicación, y que te recompensa con una sensación de realización propia y una paz únicas. Algo que tratar siempre con el máximo respeto, ya no sólo porque te va la vida en ello, si no por lo que representa en tu vida. Pero luego he sentido lástima. Lástima por esa gente, que se saca una foto en la cima a simple fuerza de talonario (29 eurazos cuesta el viaje simple en el teleférico), una foto que enseñarán a sus conocidos y olvidarán en lo que tarden en pagarse un viaje a otro exótico lugar que les marcará lo mismo que este. Nada. Y he sentido lástima por la montaña, despojada de toda dignidad. Pisoteada y urbanizada hasta el punto en que ascenderla solo supone el esfuerzo de abrir la cartera y esperar en una fila más o menos larga. Convertida en mero reclamo turístico para gente que son a la vez culpable y víctima de esta situación.

Cruzar aquel maldito infierno turístico fue jodido. ¡Si incluso tenían un cartel a la salida que rezaba: 《ACHTUNG! A partir de este punto paso permitido únicamente a montañeros expertos. Paso bajo su propia responsabilidad》! ¡No me jodas, hombre! ¿Qué cojones esperas a 3000 metros de altura?
El pique que me eché con una pareja bajando a todo trapo por un canchal me distrajo de la zona repleta de remontes que cruzamos, y junto a la cerveza que nos echamos entre risas en el primer refugio que encontramos, mi ánimo empezó a remontar. A partir de aquel punto continué el duro descenso absolutamente solo, a esas horas la mayoría de los bávaros estaban ya cenando, hasta el refugio de Reitanlager. Me pedí una Weißbier para hidratarme y, casualidad cósmica, coincidí en la mesa con dos abueletes de Quedlinburg, un pueblo a unos 25 kilómetros de mi casa. Padre e hijo, setentaymuchísimos uno, rondando los sesenta el otro, iban a atacar cima a la mañana siguiente. Aquello acabó por levantarme la moral.

Y bien que me vino, porque las siguientes horas las pasé deambulando por aburridísimas pistas. Tenía intención de bajar por otra bonita garganta, también de pago, que de paso me iba a acortar bastante la ruta. Pero es Alemania, a las siete de la tarde la cierran y dejan como única alternativa seguir tragando polvo y dando rodeos por la pista. Además la cierran en la parte de abajo, por lo que como no lo sepas o te despistes, entre ida y vuelta te das una paliza interesante.
A esas alturas iba ya hecho un guiñapo. Mi idea inicial era, aprovechando que la furgoneta estaba aparcada en el apeadero de Grainau, bajar a Garmisch-Partenkirchen y coger el tren hasta la fula, pero pensando en que no estaba muy lejos me dije: «Que leñe, cierra el circulo y devuélvele un poco de dignidad a esta maravilla de montaña, que son sólo 5 kilómetros». Y así fue que ya de noche cerrada, con 13 horas y media de caminata en las piernas, volví al punto de inicio con dolor en los pies, olor a sobaco y una sonrisa en la cara.

Como quería darme una ducha y dormir en mi cama, decidí volver del tirón a casa parando a tomar un café del Mc Donalds, que son cosa fina, aprovechando la falta de tráfico para disfrutar un poco de las magníficas Autobahn alemanas.
Fue en el camino a casa dónde, pensando en el mal rato y la desilusión de la cima, en el hecho de haber hecho un esfuerzo extra para completar el circulo y en la pareja de abueletes, cambié la manera de encarar este proyecto. Nada de volar hasta el aeropuerto más cercano y subir rápidamente un monte, a partir de ese momento cada montaña la afrontaría de manera especial, algo único que demostrase respeto y dejase un recuerdo en mi que mereciese el esfuerzo. Aquel día fue una circular tremenda, tanto física como mentalmente. ¿La siguiente? Ya se verá.
Y así acabe a las siete de la mañana, limpito y aseadito en mi camita, intentando dormir. Y digo intentando porque de verdad que no se que coño le echan al café en el Mc Donalds. Es drogaina pura.
Emocionante. Me gusta mucho
Me gustaMe gusta
¡Gracias!
Y enhorabuena, tuyo es el primer comentario en el blog, jajaja
Me gustaMe gusta
wow!! 29
Me gustaMe gusta